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jueves, 17 de diciembre de 2015

LITERATURA EN EL CUERVO (SEVILLA)


No había estado nunca en la localidad de El Cuervo, cuyo término municipal empieza o acaba a un metro de la provincia de Cádiz. Tiene solo un instituto y éste pocos medios económicos aunque a su claustro de profesores le sobra valía y le falta cobardía. Con su esfuerzo y constancia, ayudado por un grupo de espartanos estudiantes, ha levantado una magnífica biblioteca en el centro con más de 5.000 ejemplares. 


ÍES Laguna de Tollón. Apuntad el nombre. Ahí tenéis fotos de sus trabajos escolares por el Día de la Lectura.




Tengo un amigo, Daniel Pérez, que es periodista y, a veces, se escapa a la jungla de la literatura, principalmente cuando le persigue la política. En su vida hoy tiene cuatro directoras de periódico: sus tres hijas y una extremeña que como tantos otros antes que ella se dedica a la enseñanza. A la del marido y a la de decenas de alumnos que miran a la lengua española y la literatura como un áspid que puede morderte si te acercas demasiado o como una sabrosa breva en una calurosa tarde de verano. Fue ella, Yolanda, la que me invitó, quien me preguntó con la boquita pequeña si quería darle una charla a los alumnos del centro por el Día de la Lectura.




Me hizo feliz.

Hace un año que dejé de dar clases en la facultad de derecho de Algeciras y me apetecía mucho. No es ya por el hecho de vanagloriarme de mis muy humildes logros literarios (y que me escuchen) sino de la posibilidad de ofrecer unas experiencias vitales de mayor o menor utilidad a un grupo de chavales. 

Ser útil.

A las 9.30 horas entré en el bar Venezia II para desayunar a mi camisa con pringue de la buena: sobrasada con algodón 100%. A poca distancia encontré la senda que, de puesto de churros en puesto de churros, llevaba al Instituto. 

Me gustó. 

Era limpio y lleno de detalles, mil notas literarias, carteles, collages mostraban el esfuerzo de los profesores y la aptitud de sus alumnos. Yolanda llegó y me presentó a Rosa, y a Roberto y luego mencionó a Javier Tinoco. 


Javier Tinoco fue profesor mío de derecho financiero I en la facultad de derecho. Hoy, travestido de Antonio Burgos, imparte clases de Historia del Arte, lo que en mi opinión supone una mejora sustancial respecto a su vida profesional anterior. 

Tras tan grande casualidad me enseñaron todos ellos su biblioteca, un recinto más amplio que cuadrado. O quizás al revés. 



Allí sucedería todo. 
Miles de alumnos acosándome a preguntas. 
Decenas de profesoras de literatura huyendo en desbandada. 

Libros de todos los colores.

Abrí mi corazón con forma de libro a un joven auditorio que parecía expectante, contento de ahorrarse una clase. Se lo advertí pues quien avisa no es traidor: cuando suene la campana del recreo pierde quien se mueva. 

O lo pierdo yo.



Y entonces empezó la charla, el coloquio, el monólogo, la cantinela de abuelo cebolleta. 

El objetivo: Que los chavales aprendieran algo que les fuera provechoso o que despertara o avivara o enterneciera en ellos el gusanillo de la lectura, el mismo bicho que me picó al nacer, poco después quizás de caer en la marmita de Cervantes, de probar las hespérides de García Márquez o de volar hacia la canasta como Paul Auster. 

Creo que lo logré.

O puede que no, aunque quiero pensar que sí, que cuando el acto acabó, recién bajado el telón, el chico que bostezó sentado frente a mí, el de la sudadera con el número 5, sacó algo que le beneficiara en su vida, en su progreso, en el infinito. Aunque él mismo no lo sepa.

Les hablé de 13 Puñaladas y Apocadizsis, de Bulerías Nazis y su búsqueda de la sorpresa, de la trilogía de antologías: Vampiralia, Demonalia, Supermalia, del Visiones 2015 y el combate de Tyson.

Les di el resumen de mi vida literaria: leer mucho y variado, escribir, corregir, vivir, documentarse y ¿he dicho leer?

Yo disfruté; se nota, ¿no?. 

Y por eso estoy sumamente agradecido a Yolanda, a los chavales, esos cojonudos colaboradores de la biblioteca recién renovada, al claustro de profesores con el que me fotografié leyendo libros y a la sobrasada que dejó manchado mi corazón del afecto a un instituto y a unos niños que, espero, soñaron con literatura durante menos de una hora.



Que me hicieron feliz durante un momento largo y doblemente feliz con el recuerdo eterno de una charla entre amigos.

Una charla sobre nuestro común amor a los libros.

Y agradecido.

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