ABOGADOS DEL DIABLO QUE HAN PASADO POR AQUÍ

domingo, 21 de julio de 2013

UN TEXTO DE HACE TIEMPO


La tarde eran barquitos plegados en la mar azul. Molinos de viento atesorando energía eólica a lo lejos y el ruido de un motor ensuciando el aire. Un aparcamiento espontáneo repleto de coches de marcas varias y un demente insultando al mismo aire que manchaba el traqueteo del motor. Había luz de anochecer en solsticio de verano, no era mortecina pero tampoco cegadora. Los cadáveres metálicos de las grúas de la factoría estaban a más de quinientos metros, pero se observaban desde la terracita del chiringo. La mar estaba lúcida, brillante, nueva como el primer día. La cerveza sabe mejor. Lástima de ruido molesto. Pensaba en sus últimas palabras: "no eres el único". Eran cuatro, todas tenían vocales. ¿Cuál era su significado verdadero? ¿Y el oculto? Bien sabía que las palabras no suenan igual en la mente de una mujer que en su boca, y menos aún en las entendederas de un hombre. Las cosas no eran como siempre habían sido, todo había cambiado. Al principio pensaban que para bien, luego el aburrimiento se había unido al cansancio. Habían dejado de pasear. Caminaban muy despacio, de la mano, amparados por el silencio y el mecer del mar en la orilla.

jueves, 11 de julio de 2013

LA FERIA DE LOS NIÑOS (Suplemento de Feria del Carmen y de la Sal de San Fernando de La Voz de Cádiz)

LA FERIA DE LOS NIÑOS

           
            Cuando era niño -me refiero a cuando era un niño pequeño, no el niño grande en el que me han convertido mis propios niños pequeños- el 15 de julio se celebraba el día de San Enrique y, como tantos otros jóvenes, atravesaba, asido de la mano de mi padre, los callejones de albero circundados de atracciones escandalosas, monstruos espeluznantes y el tren de la escoba, con dirección a las casetas. Era nuestro santo, de los dos Enriques, y por eso, alguna vez, nos montamos en la noria para ver cortarse el levante cálido que provenía de Chiclana. Desde tan cerca de la mar estelada que es el techo oscuro que cubría la ciudad, podía ya divisar mi propio futuro. Veía, aún antes de haberme operado la vista -es decir, cuando aún era un niño cuatro ojos asido de la mano de su padre- a mi propia hija, remedo de mí mismo con mi misma edad, vestida con su traje de gitana -salmón y lunares blancos-, con el rubio moño coronado en flor asalmonada, tacones y lunar. Bajábamos la Venta de Vargas y nos dirigíamos, asidos de la mano, al frontispicio que da paso franco al recinto ferial.

            Miles de padres e hijos pasarán en fila este 15 de julio, el Día del Niño, por la portada donde mi pequeña hija abre sus grandes ojos al brillo de las luminarias, los fuegos artificiales, la música estridente, los cacharros con descuento y una alta noria que, quizá, este año no se erija por culpa del viento. La Feria del Carmen y de la Sal deberá llamarse ahora, también, de los niños, siguiendo la buena iniciativa de la concejal Cristina Arjona y el alcalde de la bicentenaria ciudad, José Loaiza. Ha de buscarse la propia idiosincrasia de la feria isleña, alejarla de modas extrañas y concretarla en lo que ha sido y debe ser, una feria de padres e hijos, un recinto de luz, atracciones y vacaciones. Ha de convertirse, la de la Isla de León, en la feria de sus niños.



            Enrique Montiel de Arnáiz