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martes, 30 de diciembre de 2014

La Noche de uvas - La Voz de Cadiz 31-12-2014




LA NOCHE DE UVAS
Montiel de Arnáiz
@montieldearnaiz




Cada noche de uvas me hago el despistado y me incorporo lentamente del largo tablero de madera vestido con uniforme de gala en donde habitan mis padres, hermanos e hijos, escoltados por una legion de endibias con roquefort y Diamante blanco. Es la comunión de dos mesas de frondosa haya en las que los Montieles cruzamos codos, risas y anécdotas, hasta que repiquetean los cuartos y nuestros carrillos se inflan de vides guardando helio. Como un silencioso ninja familiar me deslizo por el oscuro pasillo de casa de la abuela buscando la desembocadura del riachuelo de Roca. Allí, amparado por la tranquilidad que da el alejamiento de los niños, aún con los pantalones arrodillados, cumplo una costumbre inveterada, tradición o promesa (si hubiera por lo que prometer)

Hurgo en las entrañas de mi smartphone observando el devenircomo una sibila barbilampiña y, cual aroma de níspero recién segado,aspiro el frescor de una canción, ya de por sí hechicera, que me ha acompañado desde que hace veintidos navidades la agridulce May me contagiara el mal de la varicela, alejándome durante más de una quincena de la visión de la joven de cabellos rizados que me enamoriscaba.

Este cíclico actuar pretende alejarme del infortunio y la pena. Es el dulce y fútil exorcismo de lo inevitable. Año tras año, suenan los mágicos acordes de la misma canción eterna, de una época pretérita que será futura una vez más. El tema se llama Stairway to heaven ydura ocho minutos y tres segundos. Este himno, mi talismán, versa sobre una escalera que asciende hacia el cielo. En sus peldaños veo  ocultarse los porvenires, lo que nos ha de llegar, los presidentes que quizá peinen cola de caballo loco, los hospitales a medio gas donde descansan los enfermos de honestidad que ven diluirse sus ahorros por la desvergüenza de los manejadores del peculio, las prisiones demasiado cómodas donde, tumbados, duermen los héroes de antaño empijamados de rayas.

Es una rutina, pinchar a Led Zeppelin cada día de San Manuel, como la que gasta cualquier loco de la loqueríaEsa noche de uvasque cada año exhibe la incertidumbre de lo que ha de venir cosida conlos abrazos humedecidos por dorados anillos de oro. Es la costumbre que trata de expurgar el dolor para que se meta en la casa sin lumbre de otro. Es la confianza en que las parcas pasarán de largo. Es la noche de uvas, la de la escalera hacia el cielo. La que me hace desear. La que expulsa lo malo para dejar que entre lo bueno. El preludio del desembarco de los magos que, como yoles desean sinceramente un Feliz Quince.

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