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martes, 18 de noviembre de 2014

CATALINEANDO - La Voz de Cádiz 19-11-14

CATALINEANDO

Montiel de Arnáiz

@montieldearnaiz

 

 

Los sábados en Cadiz son propinas al recuerdo. Huelen a infancia, a cruasán, a paseos de la mano de la esposa y los hijos, bullendo siempre, inquietos. El pasado sábado bajamos el coche a Canalejas y nos deslizamos por el lomo espinado del muelle buscando el perfil que cae a San Agustín. Blas de Lezo, Mediohombre, nos señalaba el final con la punta afilada de su afilada espada. Continuamos a paso largo, giramos y subimos. Confrontamos la calle Ancha, resplandeciente y vitalista como los que ascienden a San Antonio: una bella turba de rubicundos de ojos cristalinos y moras de la morería de ojos tiznados. No suele darse el riesgo dulce de encontrar allí a un amigo a esa hora pero la baraka nos chocó con él, entre Los Italianos y la APC y, tras abrazarnos, zigzagueamos juntos entre ramales sinuosos que tienden al mar y la Caleta. 

 

Aprovechando el respiro que un parque infantil ofrece a los padres, observamos las puertas abiertas del Castillo de Santa Catalina. El sol alcanzaba esa hora del día en que su luz bendice a los feos. Abajo, embozada en arena fría, una cuadrilla cantaba y bailaba por bulerías que no eran nazis, regalando pizquitas de folklore español, andaluz y catalán, a los caminantes que asomaban. 

 

Traspasamos el umbral del baluarte y descubrimos, con sorpresa, varias exposiciones llenas de tesoros. Vimos sorprendentes bandos municipales, la armadura de un pequeño conquistador, planos antiguos, periódicos de muchas épocas, fotografías artísticas, proyecciones de filmes en paredes blancas, imprentas de madera, cromos de fútbol del Cádiz añejo, manuscritos remendados by Fernando Quiñones. Me fascinaron la torre eléctrica de Toscano, quizá soplada con fuelle en cristal de bohemia, y el paseo exterior que muestra la mar, esa lengua infinita de agua donde han aparcado tantos y tantos buques. 

 

Bajamos las escaleras que llevaban a dos recién casados (deja vù en Saint Catalina's Castle). Admiramos el traje albo de manga descubierta que exhibía la novia, agarrada del novio de verde chaleco, mientras la retrataban. Los polvorines albergaban secretos ocultos entre lágrimas ostioneras, junto a puertas que no habían de ser abiertas. El misterio se hizo piedra ante nuestros ojos y nos hizo volar: el rostro de Long John Silver -parche, loro y espadón- o las gónadas euskalñolas de Blas de Lezo. Balconeamos esa muerte silenciosa donde habita la pesca, contemplando los regalos que el Atlántico donó a las Puertas de Tierra y Mar. Fuimos casualidad y ternura, curiosidad infinita; paseamos intramuros sin que nos preocupara el mañana. 

 

Los sábados fuimos Cádiz, cafeteando en la terraza de Quilla o cantando bulerías en la playa; esperando que nos cegara el atardecer carmesí de la Caleta, mientras catalineábamos.

2 comentarios:

Julio Malo de Molina Martín-Montalvo dijo...

Pues sí Pequeño Saltamontes, cuentan que Long John Silver pasó por la Ensenada de Santa Catalina, consiguió bajo soborno que le alojaran en dependencias del castillo reservado a la Guardia, pues andaba holgado de piezas de oro desde que una barquilla abandonó La Hispaniola con la complicidad de Jim Hawkins. Eso ocurrió hacía 1740, poco antes de conseguir pasaje en un navío de la compañía Holandesa de las Indias Orientales que le dejó en Madagascar donde pasaría el resto de su vida disfrutando del su sustancioso botín. allá escribiría sus memorias, aún pendientes de traducir al castellano. Tal vez podríamos aconsejar a Ana Mayi que acometiera tan interesante edición.

Montiel de Arnáiz dijo...

Ve buscando un hueco para la entrega ceremonial de la obra de Long John